“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas”.
2ª Corintios 10:4
Con esas armas destruimos los argumentos y toda altivez que se levanta en contra del conocimiento de Dios. Llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Cuando hablamos de batalla, no podemos negar que existan dos bandos, dos contrincantes, dos reinos y por supuesto que cada reino tiene su rey. Hay un reino de luz, que sabemos que es del Señor Jesucristo. Pero hay un reino de las tinieblas, tan organizado, que hay jerarquías, grados, niveles que están confabulados y que todo su arsenal lo tienen dirigido no a cualquier hombre, sino hacia los que están glorificando el nombre de Dios, los que se están consagrando, ayunando, oyendo la voz de Dios. Cada vez que usted se acerca a buscar a Dios, cada vez que se despoja y se somete al plan de Dios, que incursiona en los terrenos espirituales para consagrarse, para adorar, para dar, desde ese momento, está una vez más declarándole la guerra al infierno. Usted hace que al diablo se le frunza el ceño. Pero mayor es el que está con nosotros que el que está en el mundo y Dios nos ha dado armas poderosas para la destrucción de fortalezas.
La Palabra nos habla contra quienes tenemos que batallar, contra principados, potestades, señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, malicias espirituales en los aires. Hay un general que está al frente de esos ejércitos contrarios. La intención de Satanás siempre ha sido crear en la mente del hombre, algo irreal acerca de su persona, algo inofensivo; que él no existe, que es una historia, algo pasajero que simplemente se le compara con lo malo. Pero existen fuerzas espirituales, seres pensantes que tienen inteligencia, solo que no los vemos, que están continuamente velándonos. La Biblia dice en 1ra. Pedro 5:8 que Satanás anda como león rugiente viendo a quien devorar.
Cuando buscamos a Dios, cuando nos acercamos a su presencia, llega el enemigo y se hace presente con dardos que hasta son ridículos de pensar. Algunas personas están levantando sus manos y les recuerda su pasado. Les dice que no son dignos de levantar las manos porque están manchadas. Pero sus pecados ya fueron perdonados. Cuando Israel ofrecía el sacrificio delante de Jehová, acampando en el lugar de batalla, estaban listos para enfrentarse con los filisteos, pero cuando llegaba la hora del sacrificio, es decir de levantar adoración, ofrecer un culto al Señor, entonces aparecía Goliat y vociferaba, interrumpía el sacrificio. Goliat es tipo de Satanás. Si hay algo que no le agrada al enemigo, es donde hay alabanza y adoración a Dios. Porque simplemente le recuerda su caída. El antes se llamaba Luzbel conducía huestes celestiales. Ese personaje era tan impresionante, que la Biblia lo declara perfecto en todos sus caminos.
En su vestimenta portaba piedras preciosas, tenía funciones sacerdotales y portaba tamboriles y flautas. No es que haya sido creado y rodeado de un ambiente musical solamente, sino que él era un portador de esos instrumentos. También era uno de los que guardaban los secretos de Jehová. Y entre los secretos estaba la música, la alabanza. Entonces cada vez que usted y yo glorificamos el nombre de nuestro Padre Celestial, de acuerdo a la Palabra, atormentamos a cualquier demonio que se pueda atravesar. Libramos batallas continuamente. El Señor nos ha dejado armas, entre ellas está la oración, la misma Palabra que es la espada, la fe que es escudo. Entre esas armas está una que no va dirigida contra el enemigo. Va dirigida no en calidad de arma, sino en calidad de ofrenda al Dios Todopoderoso, pero simultáneamente cumple otra función: Atacar a nuestro adversario. No le vamos a cantar a los endemoniados, sino a Dios, quien puede liberar a los endemoniados.
Cuando comenzamos a levantar alabanza delante de la gloria de Dios, incursionamos en terrenos espirituales, a batallar, a conquistarlos, y cuando terminamos, vemos la misma gloria de Dios. El Salmo 22:3 dice: Tú que habitas en la alabanza de tu pueblo. Deberíamos continuamente tener una expresión y sobre todo una vida de alabanza, de honrar a Dios. Es algo así como cuando usted hace acogedor el lugar aquí en la tierra, Él lo hace semejante al que tiene en el cielo, y es inevitable que no se manifieste. Simultáneamente, cuando estamos ministrando a Dios, también estamos amedrentando, haciendo huir ejércitos del enemigo.
Hay una palabra que su traducción del hebrero al castellano, habla de algo que la iglesia casi no practica. “Zagar” significa marchar en un desfile sagrado o en la batalla. Cuando los ejércitos marchan, van con coraje, con seguridad, con gritos, con algún estribillo, van dando ciertas aclamaciones. Algunas personas para romper el hielo (sin Cristo) utilizan el grito, otras saltan, otras corren, otras bailan.
La marcha era lo que les daba el coraje a los ejércitos, tenía que ver mucho con un emblema que portaban. El emblema era la representación del reino y la tribu. Era una bandera o estandarte y regularmente van al frente. Cuando un guerrero bajaba la bandera o caía al suelo, tenía que llegar inmediatamente otro guerrero y la tomaba, porque estaban en batalla, y el no tener enarbolada la bandera representaba que se estaban declarando derrotados. Cada tribu estaba bajo una bandera. Nosotros estamos bajo un emblema, bajo un reino, una representación.
En el Salmo 20:5ª dice, Nosotros nos alegraremos por tu salud, y alzaremos bandera en el nombre de nuestro Dios. En Isaías 59:19 dice, Porque vendrá el enemigo como río, mas el espíritu de Jehová levantará bandera en contra de él. Tenemos que poner entendimiento cuando estamos ministrando. La alabanza no es conocimiento solamente, son experiencias y realidades. Cuando la bandea estaba en alto, representaba que no estaban derrotados, que no se habían dado por vencidos.
Nuestra bandera que vino del cielo se llama Jesucristo. Él fue al asta llamada cruz del calvario. Cuando la bandera ya no ondeó, el guerrero aparentemente había caído, pero después de tres días, la volvieron a enarbolar más alto, y la bandera sigue ondeando. No estamos derrotados. Seguimos en pie por la eternidad, porque nuestra bandera está enarbolada a la diestra del Padre.
Salmista Fernel Monroy
